Con derecho a querernos,
a odiarnos
y a echarnos de menos.
Con derecho a echarnos de más,
a no querer vernos,
a jurar que no nos conocemos.
Con derecho a deshacernos la vida,
a arreglárnosla
y a arañarnos el alma.
Con derecho a jugármela,
por algo
o por alguien.
Con derecho a esa libertad que me encadena a un cuerpo.
Con derecho a ser el banco donde alguien se siente a llorar.
Con derecho a comernos las ganas,
a comernos la boca
y a mordernos la vida.
A dejarnos marca.
Con derecho a perderme,
a perdernos
y a encontrarnos en cada abrazo.
Con derecho a leer(te) el amor entre líneas,
a borrarte
y a reinventarte.
Con derecho a emborracharnos de sexo y curar la resaca con más sexo.
Con derecho a jugarme la vida en causas perdidas.
Con derecho a ser,
a sentirnos
y a querer quemarnos la piel.
Pero,
para qué derechos si descuidamos nuestro deber principal; querer.
Saber querer,
-siempre fue
más fácil
quererse mal.
O fingir quererse-.
Porque nadie se lee los términos y condiciones de uso.
Le damos a aceptar ignorando qué pondrá ese puñado de letras.
Y pensamos que, bueno, sólo será mera burocracia.
Maldita la hora en la que pulsamos
"sí, acepto los términos
y condiciones de uso" y no pensamos en que tales condiciones nos cobrarían la factura en decepciones.
Maldita la hora en la que aceptamos.
Como si supiéramos usarnos sin dolernos.
Como si supiéramos besarnos
sin morir
en cada beso.
Letras de una persona vorágine.
sábado, 30 de enero de 2016
Con derecho a.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario