Las tres grandes religiones monoteístas (cristiana, hebrea y musulmana) tienen en común, aunque en distinto grado, su misoginia, o al menos relegan a un segundo plano a las mujeres.
Tal estupidez se recoge, con harta frecuencia, en la Biblia o el Corán; sin embargo, de esta actitud patriarcal no se libra ni la caridad: el problema es global.
Así, para el filósofo chino Confucio «la mujer es lo más corrupto y lo más corruptible que hay en el mundo» o la opinión del fundador del budismo, Siddhartha Gautama, para quien «la mujer es mala». Y qué opinar sobre las oraciones de los judíos ortodoxos que repiten desde tiempos ancestrales: «Bendito seas Dios, Rey del Universo, porque Tú no me has hecho mujer» o sobre el capítulo de «las mujeres» del Corán donde se lee: «los hombres son superiores a las mujeres […]. Las mujeres virtuosas son obedientes y sumisas>>.
Parece incuestionable el papel machista -entendido como una actitud de prepotencia- que muestra la Iglesia Católica, la cual se organiza obviando a la mujer al impedirle el acceso a los cargos de su estructura jerárquica -cosa que ya corrigieron algunas ramas protestantes-, imponiendo una moral que la subordina al hombre.
Las iglesias están constituidas por miembros de la sociedad, por lo que reflejan sus mismos errores y virtudes. Pero mientras la sociedad civil avanza -aunque con muuucha calma- en la emancipación de la mujer, la postura de la mayoría de las creencias se estanca o incluso retrocede como auténticos cavernícolas.
El grado de discriminación de la mujer se fue reduciendo con el tiempo. El 10 de diciembre de 1948 se produce un hecho trascendental en la historia de la Humanidad: la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece la igualdad entre el hombre y la mujer ante el matrimonio. No obstante, según Amnistía Internacional, al menos 36 países mantienen en vigor leyes discriminatorias para la mujer por razón de su sexo.
La frontera entre el poder civil y religioso ha sido históricamente confusa, siendo evidente, desde la antigüedad, la sumisión de un género al otro. No se puede olvidar que en algunas sociedades las niñas sufren mutilaciones genitales y son consideradas propiedad de los hombres (África y Asia generalmente, según sé). El uso del velo islámico, que a tantos occidentales escandaliza, debe hacernos recordar que, hace bien poco, nuestras abuelas o madres estuvieron obligadas a usar mantilla para entrar en un templo sacro o incluso lo exhibían por la calle.
Las religiones jugaron, y aún lo hacen, un papel prominente en la educación patriarcal. Puesto que la religión se basa en dogmas, no cabe lugar ningún tipo de cuestionamiento y, por tanto, implanta con facilidad sus predicamentos doctrinales, impidiendo o anulando el sentido de crítica en vez de fomentarlo frente al conformismo.
Desde un punto de vista religioso, la sociedad española es mayoritariamente católica aunque poco practicante, mientras que una pequeña parte de la población se define como atea o no creyente.
En resumen, las religiones no se llevan bien con las mujeres, a pesar de ser su público más fiel. Parece evidente que si persisten en actitudes machistas y no acometen cambios estructurales, en un futuro próximo serán las mujeres las que abandonen sus prácticas. No sé si pretendía hacer una crítica a la religión o una defensa a la dignidad de la mujer. Lo que está claro es que no soy amiga de las religiones que menosprecian al ser humano, sea hombre o mujer. ¿Dios no es amor y blablabla? si esos Dioses son tan geniales y tan buenos como predicáis, empezad a fomentar algo tan necesario como la igualdad.
Letras de una persona vorágine.
domingo, 23 de noviembre de 2014
el opio del pueblo.
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